Te oigo pero no te escucho

Te oigo, pero no te escucho; elemento básico para que la comunicación entre ambas partes sea prácticamente imposible. Además, suele haber una clara interferencia, que es hacer más caso a lo que yo interpreto, que a lo que me estás diciendo, sobre todo, cuando hay rabia, rencor, orgullo e ira entre medias.

Estas emociones lo que hacen es ponerme a la defensiva, por lo que cualquier cosa que me digas lo voy a percibir como un ataque. Y mal vamos, porque no hay quién se baje del burro. El primero que lo haga, lo percibirá como una derrota. ¿Y qué pasa entonces? Que ya, esa comunicación, se convierte en una cuestión personal, por lo que es más difícil ver, las consecuencias que puede provocar en los demás. Al ser más personal, el ataque se convierte en la mejor manera para hablar. Empiezan las descalificaciones, insultos, la sonrisa irónica y un largo etcétera de “ya no sé qué más decir para salirme con la mía y hacerte daño”.

Parece algo que no se puede solucionar, pero sí. Cuando ya está instaurada este tipo de comunicación, hay que echar una mirada hacia atrás y ver lo que está ocurriendo fuera de mí. Es decir, como si fueran dos personas distintas las que hablaran. Nos daremos cuenta que no escuchamos lo que me está diciendo, si no a cómo me lo está diciendo.

En algún momento de la conversación, yo me he sentido ataco, independientemente de si era intencionado o no. Y así empieza otra vez el círculo vicioso de contestaciones al ataque. Hay que parar un momento, pensar de manera realista y lógica, tratar de escuchar lo que me dice y no entrar en su juego. Qué resultado quiero realmente; ¿qué lleguemos a un acuerd

o o que cada uno tire hacia su lado sin llegar a ninguna conclusión?

Lo bueno de darse cuenta de este juego peligroso es que, cuando ya aprendo a manejarlo y a no personalizarlo, indirectamente voy a cambiar la manera de contestar al otro. Sobre todo, porque es más difícil gritar a alguien que me habla con un tono neutro y relajado.


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